De nuestros padres podemos recibir muchas cosas. Bienes materiales y bienes espirituales, genes, epigenes, historias, una manera de ver y estar en el mundo… la cosa es que lo recibido nos va a condicionar, claro, porque nadie o nada nace en este mundo libre de lo que sus ancestros le metieron en la maleta. Ni siquiera los ratones GF, esos huérfanos nacidos de cesárea y mantenidos en entornos estériles, pobrecitos. Así que hoy traigo una serie en la cual las cosas vienen de familia

The Bequeathed (El Legado; Ancestral; Family Gravesite; La Herencia): En España (y en Corea), la ley te permite renunciar a una herencia familiar (eso si, todo o nada, aunque puedes aliviar la presión con una aceptación a beneficio de inventario) y que se reparta el monto (y las deudas) el resto de los herederos. Si lo llega a saber la protagonista lo que le había caído encima, igual se hubiera lavado las manos con el asunto, o vete a saber, porque en ese momento de su encrucijada vital el tener una posible fuente de ingresos y una causa por la que luchar le da una batalla real.

La protagonista es una profesora contratada que trabaja como una mula para conseguir una plaza fija (que le escamotean con los habituales chanchullos universitarios) y que acaba de descubrir que su marido le pone unos estratosféricos cuernos. Vamos, que de buen temple no está la mujer, la cual se entera de que ha muerto un tío suyo, un rural del cual se encontraba bastante alejada física y emocionalmente (de hecho, ni siquiera sabía de su existencia). Va la mujer al pueblo a resolver el asunto, y resulta que toooooodo el funeral y tal ha sido organizado por las fuerzas vivas de la comunidad, hala maja, echa unas lagrimitas y lárgate, que nos estorbas. Lagarto, lagarto…

¿Y la herencia del conflicto? Una parcela de tierra que funciona como un cementerio privado, que ya sabéis que en Corea puedes enterrar(te) donde desees, y mucha gente durante siglos ha colocado las cenizas de sus difuntos o los ataudes enteros en donde le han dejado. A ver, puede parecer un negocio un poco siniestro, pero mira, como el que trabaja en una funeraria, un trance amargo que todos debemos pasar y suerte tendremos de que alguien se ocupe de dejarnos bien colocados. Quizás no tenga grandes rendimientos, pero es una apuesta segura. A partir de ahí, ya podemos suponer que aquí hay mas tomate del que parece, porque cuando se juntan tradiciones familiares, asuntos económicos y sordidez rural, la mezcla es explosiva. A la protagonista la acosan los buitres, y en general toda la historia tiene una atmósfera desasosegante, sórdida y cutre (como suelen ser los crímenes en los pueblos). En parte recuerda a aquella serie tan agronoir del poli y el sospechoso, y en parte a la del profesor sobrenatural (aunque aquí, ya os aviso, todo es de un terrenal que duele).

La fotografía y la ambientación, excelentes, el desarrollo del guión, estupendos, y los actores bien instalados en sus papeles. La protagonista (Kim Hyun-Joo) que le toca tragar sapos hasta que decide que ni uno mas; El ex al que con gusto patearías el culo (Park Sung-Hoon, anda, en lo de los calamares llevaba peluca); el hermano con la tuerca floja (Ryu Kyung-Soo, revolviendo con lo sobrenatural desde que estaba rugiendo en el monte); el policía con la mosca detrás de la oreja (Park Hee-Soon, menudo CV tiene el buen señor, lo conocimos como fantasma cerebral) y el jefe acomplejado (Park Byung-Eun, otro Park con carrerón, hasta de mandamás en el centro de misiones lunares lo hemos visto) y caras conocidas que aseguran el buen oficio

Lo de los entierros en Corea lo hemos hablado otras veces. Los modernos suelen ser o columbarios en plan casillero (metes la urna con las cenizas y algún detalle como flores, fotos o cartas) o cementerios donde pones la urna en tierra y colocas una simple lápida, fila tras fila. Otras veces se colocan las cenizas en vasijas sin cocer y se entierran en el suelo, sobre la cual plantas un árbol y como mucho colocas una plaquita con el nombre y la fecha del difunto. Lo tradicional, sin embargo, es (o mas bien era) poner la caja con el fiambre (envuelto en una mortaja de seda o cáñamo atada en siete puntos con cuerda de cáñamo) en tierra, acumular tierra encima hasta hacer un montículo mas o menos grande en forma de cúpula.

Como siempre, con perricas, cuchufletas: los reyes y grandes familias compraban toda la ladera de una montaña y erigían enormes montículos, con fabulosas estatuas y tallas y templetes y lo que hiciera falta, y según iban bajando los presupuestos igualmente bajaban la altura de los montones de tierra. Regulamente, los familiares vivos visitaban las tumbas para adecentarlas, realizar ofrendas y presentar las novedades. Bueno, y además de accesibles las tumbas tenían que estar bien orientadas según el pungsu-jiri (풍수지리, geomancia), que realiza un geomante eligiendo un “lugar bendito”. Ojito porque elegir un buen sitio no solo alivia al difunto, sino que garantiza la buena fortuna y la felicidad de la descendencia del difunto. Lo mejor es una ladera con una montaña a la espalda (la tortuga negra), un arroyo fluyendo enfrente (배산임수), un terreno a la derecha similar a un tigre blanco (우백호), un terreno a la dizquierda como un dragón azul (좌청룡) y una hermosa panorámica del mar, el sitio es perfecto. El problema es que Corea es muy pequeñita y los sitios se han agotado

¿Porqué el traslado de tumbas ancestrales es tan problemático? Lo dicho, porque no puedes desentenderte de dónde colocas a tus antepasados. La tradición coreana se parece mucho, sorprendentemente, a la escatología del Antiguo Egipto: cuando una persona muere, no todo lo relacionado con ella desaparece. Para los coreanos, la muerte significa la separación del hon (혼, alma) y el baek (백, espíritu). El hon se considera la naturaleza del yang, otorgada por el cielo, y al morir regresa al cielo. El baek se considera la naturaleza del yin, otorgada por la tierra, y al morir regresa a la tierra con el cuerpo. Es decir, la tumba donde uno es enterrado es el lugar donde reside su baek, llamado «casa yin» (eum-gye, 음계). Parecidos al Ba y el Ka egipcios, que se separaban pero estaban ligados a la tumba donde estaba los restos momificados (el cuerpo físico, jhat). Ambos viajaban por el Duat (el inframundo), pero el Ba iba y venía de la tumba para recargarse. Errrrr… la sombra (sheut) no se donde andaba… La meta tras la muerte era que esos elementos pudieran reunirse y alcanzar un estado superior, el akh o “espíritu transfigurado”, tras superar el juicio de Osiris.

Total, que yo venía aquí a hablar de los coreanos y he acabado en el Campo de Juncos…cachis…


Vale, algun tono se ha escapado de la paleta, pero creo que pilláis la imagen. Colores entre pardos, sombra y violeta, y el detalle de las llamas del papelito. Falta sacar las luces, pero ya veis por dónde van los tiros. Sensación desasosegante, turbia, triste a la vez que incómoda
