
Ya empieza a hacer algo de calorcito, pero por la noche refresca, así que he decidido que vamos a ponernos algo lleno de luz y alegría marítima para avanzar el verano. Venga, una… que digo, DOS películas, una del maestro (grande, grandeeeeee) Hayao Miyazaki y otra de su hijo Goro Miyazaki, que tampoco es para tacharlo, caramba. Para que vayáis preparando los manteles y vajillas de verano, pongáis a mano la cesta de picnic y en cuanto se arregle el tiempo (que vamos de borrasca en borrasca), al parque, hala, a hacer la fotosíntesis y disfrutéis la floración de los cerezos

La Colina de las Amapolas (From Up on Poppy Hill): empezamos con el hijo, que cuando por fin se decidió a trabajr para el Studio Ghibli hizo otra maravilla. Nunca cae el fruto lejos del árbol.

La historia se sitúa en el año Showa 38, para nosotros en 1963, un año antes de las Olimpiadas de Tokio. La protagonista, Umi, es una adolescente cuya familia gestiona la casa de huéspedes Coquelicot Manor,

Cada día iza unas banderas de señales en recuerdo de su padre, fallecido durante la guerra de Corea.

Todo parece ir fenomenal peeeeero, ya sabemos que sin conflicto no hay argumento, y aquí el problema es la renovación que está sufriendo Tokio de cara a los Juegos. Ay, que quieren echar abajo la vieja casa donde se reúnen los distintos clubs de estudiantes en sus actividades extraescolares. Pues no nos vamos a dejar, caramba.

La trama roza el problema del incesto (¿son Umi y Shun, el compañero de estudios, hermanastros?) aunque unos cuantos jeribeques salvan el problema. A ver, que esta es una película de buen rollito, un poquito de drama vale, pero no convirtamos la luminosa producción dirigida a la familia en una sórdida historia

Porco Rosso (Cerdo carmesí; Extraño Hechizo): Y aquí con ustedes la película del padre, que aunque nos digan que no es de las que más convencido haya acabado, para el resto de los mortales sigue siendo MA-RA-VI-LLO-SA. Lo que empezó como la pequeña producción de un corto dirigido al público infantil para proyectar en los vuelos de Japan Airlines, se cruzó con las noticias sobre la guerra de Yugoslavia (ese horror donde los vecinos se mataron los unos a los otros con los cuchillos de untar la mantequilla) y acabó siendo un alegato genial contra la guerra, los totalitarismos y la misoginia.

Pero como es marca de la casa, con una belleza y una dulzura casi dolorosas, que es como se trabaja en serio. Y los directivos de la compañía aérea, por una vez, demostraron que eran mas inteligentes que lo habitual en las sórdidas reuniones de negocios, y se lanzaron a participar en la producción apostando por el estreno en cines

La trama mezcla fantasía y realidad, lo justo para que la una tenga cerdos voladores pilotando hidroaviones y la otra, a Mussolini en Italia con sus camisas negras. En ese mas Adriático vuela en su avión color tomate maduro Porco Rosso, que antes fue el piloto italiano Marco Pagot, pero durante la I Guerra Mundial perdió la fe en el ser humano y ¡zas! Maldición al canto que le cayó, oink oink.

“Si esto fuera animación, habría sido capaz de mostrar la grandeza de esta batalla a vida o muerte”. Pues al final, el director se salió con la suya y nos dejó embobados con las evoluciones de los aviones en cielos de azul infinito, con ese cerdo a los mandos

Todavía hoy, mas de treinta años después de su estreno, muchos se preguntan si acaba bien o mal, y eso es señal de que sigue siendo un producto que deja huella (no como tantas pelis que nos venden como excelentes, y no llegan a
